JUAN PABLO

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Se levantó temprano, leyó el diario, entró a Facebook, y se vistió. Subió al colectivo, y durante el viaje repasó los temas mentalmente. Antes de llegar a la puerta, pidió disculpas por el empujón a un señor de traje. Bajó las escaleras del subte, con todos los que bajaron al subte. Pagó el viaje con la Sube: 4,50. Entró al túnel, con los demás que entraron al túnel. Caminó unos metros, y ahí, en el pasillo de azulejos antiguos, desplegó el banquito y desenfundó la guitarra. Sacó la púa y puso el celular en silencio.

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OLMO

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Tiene un nombre rocoso, de árbol de raíces profundas: se llama Olmo.
Toca el bandoneón en un banco de la estación Lima, del lado del subte que vuelve del centro. Toca mientras mira hacia abajo, ensimismado. Es un animal guardando la cabeza en su caparazón de teclas blancas y negras.

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Ramón

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Los contornos de las casas, las tejas de los techos, los bordes de las calles. Los rincones donde no hay nada. Las raíces hundidas de los árboles. Las peleas callejeras, los negocios, los perros callejeros, las escuelas. Los cuencos de los ojos, las yagas de las manos, las plantas hundidas de los pies. Los que juegan. Los que duermen a medias. Los que tienen trabajo, los que buscan. Los poros de la tierra, las semillas clavadas en la tierra, los restos del día.Los presos, los necios, los que saben.
No hay nada que en Salta no espere la lluvia. Que no sueñe que al fin llega noviembre y el cielo se abre generoso. Y se desploman partículas saladas sobre el valle escondido.
No hay nada que no tenga sed, calor, sequía.
Para cuando es Septiembre, no hay nada que en Salta no sueñe la lluvia.

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Jorge

benjamin-faust-19712Él ve otra cosa.
Son 200 kilos de carne colgando del techo, pero él ve otra cosa. Asado, colita de cuadril, costillar, ossobuco. Esa media res pesa 200 kilos. Hasta hace unos días era una vaca pastando en el campo. Mansa, lenta. Ahora es una mancha pálida colgando del caño de metal por donde pasaron otras tantas como ella. La res es un terreno frío, cubierto por una capa de grasa que esconde lo que todos buscan: la carne.
Frente a eso, con cuchillo y delantal, está Luzuriaga, que ve otra cosa. Para él, el animal sin cuero y cortado al medio, es el largo pasado como aprendiz, las mañanas en la carnicería hace tantos años, el sustento familiar, lo cotidiano.
Esa cosa que cuelga su peso muerto es el futuro: lento futuro que se hace esperar.

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Máximo

photo-1485230405346-71acb9518d9c.jpgSon las seis de la tarde. En el centro de todo hay un hombre. Escucha una eterna melodía. Allá afuera nadie lo nota. Es un hombre sereno. Intenta, lucha, espera. Busca un camino.

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Máximo trabaja de seguridad en Kosiuko. Mide un metro sesenta, es menudo, piel lisa y morena, los ojos vivos, brillosos. Los rasgos apretados, cejas anchas, labios finos. Tiene el pelo prolijo como recién cortado y es fanático del mojito cubano, un trago a base de ron y lima que se toma con mucho hielo. Se fue de Santiago del Estero a los 19 años detrás de lo que Buenos Aires le había contado por televisión. Unos años antes, también había partido el Chino, otro pibe del barrio que en la ciudad había formado familia y encontrado trabajo. El Chino era la esperanza de algo familiar en medio del cemento y el ruido. El Chino era el guiño que decía es posible.

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Sonia

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Caminé por el puente de la mujer y después me senté a descansar en un banco. Como fondo de la foto estaba el río que se ondulaba por el viento. Pasaron dos hombres tocando timbales y una chica se les puso a bailar al lado levantándose un poco el vestido; pasó el equipo de fútbol argentino de inferiores con sus camisetas celestes, y después una familia motorizada: el padre en patineta, la madre en bici, la hija en rollers y el nene en monopatín: se movían en clan, acompasando velocidades mientras avanzaban los cuatro como una sola cosa, como un gusano sin piel al que se le ven los órganos.
En un momento vi que a lo lejos se acercaban tres amigas en rollers. Me llamaron la atención porque venían muy lento y juntas, casi pegadas. Dos flacas a los costados y una gordita en el medio que no levantaba los pies del piso: se arrastraba apoyada en sus amigas que le hacían de escoltas. No sé si era por miedo, por falta de equilibrio, o por todo eso, pero la cosa es que ella no podía avanzar ni medio metro sin las escoltas. Las tres venían despacio, avanzando entre la gente a contramano, tratando de que parezca natural arrastrar a una gordita sobre ocho ruedas plásticas.
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